La política no es posar, se deben pagar costos
En campaña todos son valientes. El problema es que la valentía de utilería no cuesta nada.
En Risaralda hay una fauna conocida: candidatos que jamás incomodaron a nadie, que nunca votaron contra la corriente, que nunca dijeron “no” cuando el “sí” era el camino fácil. Su récord es impecable… precisamente porque nunca decidieron nada que implicara riesgo.
La política real no se mide por aplausos. Se mide por los costos que uno está dispuesto a asumir cuando defender lo público implica quedar mal con alguien poderoso.
Y ahí es donde muchos se evaporan.
Juliana Enciso no.
Cuando se opuso a la venta de un lote estratégico de la Villa Olímpica, sabía perfectamente lo que hacía. Sabía que había alternativas de financiación, sabía que ese terreno era clave para la infraestructura deportiva futura y sabía —sobre todo— que votar en contra no iba a generar simpatías. Aun así, lo hizo. Perdió la votación, pero dejó constancia política. Eso es carácter.
Cuando ejerció control político sobre los retrasos eternos de los megacolegios, no estaba buscando titulares fáciles. Estaba señalando una cadena de ineficiencia institucional que nadie quería asumir. Volver a exigirle al Estado que cumpla, cuando el Estado se acostumbra a incumplir, no es cómodo. Es necesario.
Cuando denunció la devolución de recursos para discapacidad por simple incapacidad administrativa, no estaba buscando quedar bien. Estaba exponiendo una vergüenza: plata que existía, necesidades evidentes y una burocracia incapaz de ejecutar. Eso no se agradece. Eso se castiga políticamente.
Por eso abundan los que hoy hablan bonito de inclusión, juventud, mujeres, deporte y educación… pero que nunca dejaron un rastro verificable cuando tuvieron la oportunidad. No es que no crean en esas causas: es que no están dispuestos a pagar el precio de defenderlas.
Juliana sí lo pagó.
Y ese es el punto que incomoda a muchos candidatos actuales: que ella no necesita inventarse un personaje. Su historial está lleno de decisiones donde perdió aplausos, pero ganó coherencia. En política eso es rarísimo.
Aquí hay candidatos que viven obsesionados con no incomodar a nadie. Son expertos en el equilibrio tibio, en la frase calculada, en el silencio estratégico. Llegan limpios porque nunca se ensuciaron las manos. El problema es que tampoco construyeron nada.
Risaralda no necesita congresistas diseñados para caer bien. Necesita representantes que estén dispuestos a caer mal cuando toca.
La política no es posar con casco, chaleco o camiseta institucional. La política es firmar, votar, exigir y asumir las consecuencias.
Y ahí, otra vez, Juliana Enciso queda donde pocos pueden pararse con tranquilidad: del lado de quienes ya demostraron que no se esconden cuando el costo aparece.
Asi que, si no tenia candid
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